MANUEL LÓPEZ, profesor de universidad, periodista.
Los medios tienden a ser sumisos con el poder. Ese poder que igual les da, como les niega, una subvención. Ese poder que igual impulsa la compra de diarios y emisoras de radio, tv o webs, las prohíbe.
Ese poder que tiende a enrocarse cuando se ve en peligro. Ese poder que recula cuando soplan malos vientos, pero que, como el junco, se dobla, pero nunca se rompe.
Eso es lo que vimos en un reciente encuentro organizado por el gran diario de la derecha catalana, La Vanguardia, con la ministra de Defensa de España, Margarita Robles. Una mujer fuerte, jueza de carrera, y que desde hace casi ocho años dirige con una supuesta mano de hierro a la milicia.
Decimos que lo hace con una supuesta mano de hierro porque deja hacer y tolera actuaciones en el seno de las fuerzas armadas que no debieran darse entre la tropa. Pero eso es “pecata minuta” cuando estamos ante un ministerio que gestiona, junto a otros departamentos, unos 30.000 millones de euros, según enfatizó doña Margarita.
El encuentro de La Vanguardia convocó a cientos de personas de una clase social alta: se veía a empresarios y por supuesto a políticos.
Era un debate entre la ministra y tres periodistas, todos ellos bien preparados y con un excelente currículo profesional, pero que no se emplearon a fondo. Cuando se está frente al poder hay que medir las palabras, las intenciones, los gestos, las opiniones y…
En el encuentro aparecieron los clásicos temas que afectan al ejército y a la política internacional española: Irán, Ucrania, el Magreb… pero se pasó muy superficialmente de los temas candentes, algunos que despertarán en poco tiempo, y que hoy mismo debiera preocuparnos, porque la política no sólo se hace para el día de hoy sino para el mañana inmediato.
Lógicamente la ministra Robles dejó bien clara la posición de España frente a la guerra de Irán: EEUU no preguntó a nadie y ese nadie ahora le hace el vacío cuando pide ayuda para reabrir el estrecho de Ormúz.
Los periodistas -dos mujeres y un hombre- sacaron a relucir los temas de inmediata actualidad con preguntas sencillas, simples, aunque interesantes. La ministra respondía, pero ninguno de los informadores retomaba el tema para rebatirle o para que matizara respuestas.
No quedó nada claro que España no vaya a invertir más en defensa, aunque por lo que dijo la ministra será necesario hacerlo, pero sin decirlo…
Surgieron dudas sobre la respuesta de España ante las fantasmagóricas propuestas de Trump de llevarse las bases de Morón y Rota y la posibilidad de apoyar a Marruecos en el contencioso con las plazas de ocupación de Ceuta y Melilla. Este es, sin duda, uno de los temas que están sobre la mesa y que en los próximos meses pueden explotar, caso de que el presidente de los EEUU insista en su política provocadora contra España.
Imaginemos un escenario en el que se cierran las bases americanas de Andalucía y que EEUU da la razón a Marruecos en el contencioso de las colonias africanas. ¿Estaría dispuesto el ejército español a defender esas plazas?, ¿hasta donde estamos dispuestos a ceder?, ¿qué hacer si los americanos cierran la válvula de las inversiones estadounidenses?
Nada de esto apareció en el debate.
Los periodistas desgranaban temas con palabras certeras, pero, insisto, sin profundizar en ninguno de los asuntos planteados.
La sensación final es que España incrementará su presupuesto de Defensa y que tendrá problemas con Marruecos, pero esto es una apreciación personal.
La ministra quedó bien y fue aplaudida, a pesar de que dejó temas sin profundizar, preguntas sin entrar en respuestas contundentes. Es decir, actuó como una política al uso.
Los periodistas quedaron cortados en sus intervenciones. Si hubieran estado en una cadena de TV americana sin duda alguna se habría llegado más al fondo de los asuntos planteados.
Pero La Vanguardia es un periódico de derechas, que evita líos, que huye de enfrentamientos con el gobierno de turno. Es decir, es un medio que asume la frase de que un perro nunca muerde la mano del amo que da de comer.
MANUEL LÓPEZ, profesor de universidad, periodista.
por Manuel López, profesor jubilado de la UAB y periodista
“Torrente presidente” es una película española, dirigida y protagonizada por Santiago Segura, cuyo objetivo principal es demonizar la política -toda la política- a través de situaciones y personajes deleznables. Estamos ante un proceso de comunicación política que se basa en atacar todo el sistema democrático a través de unos actores populares, tanto de izquierda como de derecha.
¿Qué hacen Jordi Évole y Wyoming en una película reaccionaria?
Estamos ante un cine de gran éxito popular que en sólo un mes ha alcanzado la increíble cifra de tres millones de espectadores. La serie de películas protagonizadas por un ex policía subnormal ha convencido a esa ingente cantidad de público a consumir un nuevo capítulo de la saga Torrente, convencidos de que iban a ver una obra maestra.
Este artículo no es una crítica cinematográfica, pero es obligado indicar que la película es mala de solemnidad: la trama es infantil, el desarrollo no tiene lógica, las situaciones son absurdas y técnicamente está mal resuelta, y que me perdonen los amigos críticos. ¿El público se identifica con actores, guion y situaciones? Pues algo va mal en Dinamarca…
Dicho esto, volvemos a nuestra idea principal, la de hablar de comunicación política. El tipo de comunicación afecta a las masas en una sociedad democrática de forma diferente. Hay un público para cada opción ideológica, una masa amorfa que vota sin demasiado entusiasmo y sin haber estudiado a fondo los programas (y los hechos), pero que se merece el respeto porque, a fin de cuentas, cada uno vota lo que vota, que para eso estamos en democracia.
Richard Nixon, que fuera presidente de los EEUU y que abandonó el cargo por un escándalo, dijo en cierto momento que él se dirigía a la masa silenciosa, esa de la que hemos hablado antes. Obama dijo aquello de “sí podemos” y el reverendo Martin Luther King tuvo un sueño. Frases hechas y medidas para llegar a la gente, a la tuya y a la del rival. Una sola frase puede convencer a millones de personas. Una película puede conducir a miles de espectadores a adoptar opiniones perversas.
Teniendo derecho a votar lo que considere oportuno, el pueblo lo hace a través de las relaciones personales (amigos, familia, compañeros del trabajo); de los medios de comunicación y de la propaganda electoral.
Naturalmente hay una serie de factores que potencian más la toma de decisiones. En lo que se refiere a los medios hay una clara discusión entre los estudiosos de la comunicación sobre si tienen más importancia para la toma de decisiones de las gentes la TV, la prensa en papel o los medios digitales.
Según parece, los digitales están teniendo cada día más importancia en esa toma de decisiones, y no necesariamente a través de los digitales informativos (webs de medios convencionales como El País, La Vanguardia, El Mundo, etc.) sino a través de páginas no especialmente informativas pero que sí tienen la capacidad de influir en ese procedimiento de decidir a quién votar.
Las plataformas digitales como Facebook, Instagram, X e incluso Linkedin se están convirtiendo en vectores ideológicos porque tienen un ingrediente que los medios convencionales no tienen: la libertad de inserción de textos o medios audiovisuales sin control alguno de ninguna empresa, o sí, por parte del público participante.
Es lógico pensar que tras Facebook y el resto de las plataformas hay intereses, escondidos, o no, y que a través del famoso algoritmo pueden silenciar o auspiciar determinadas inserciones, determinadas tendencias ideológicas.
Uno puede configurar un algoritmo que propicie la aparición de soflamas orientadas hacia determinadas ideas a través de la selección y manipulación de las aportaciones de la gente. Cualquier hijo de vecino puede levantarse, tomar el teléfono y echar un discurso matutino apenas pensado, apenas preparado, pero que puede tener impacto entre la gente.
Otra persona puede estar horas y horas hilvanando un guion para aparecer en las redes con cierta ética, pero el famoso y dichoso algoritmo lo puede silenciar. Y si no es el algoritmo, puede ser alguno de los miles de empleados que revisan todas y cada una de las aportaciones del público.
En “Torrente Presidente” parece que el algoritmo de Santiago Segura ha funcionado a la máxima velocidad y voracidad. Es una película hipermasculina, puesto que aparece, de vez en cuando, una mujer y lo hace brevemente. También aparece otra que ejerce de comunnity-manager a la que se presenta como una minusválida mental.
El machismo está en todas y cada una de las escenas. ¿El machismo es de derechas o de izquierdas? Buena pregunta. En todo el espectro político se puede detectar actuaciones machistas, pero vamos a suponer que la gente que ha estudiado y leído -mayormente de izquierdas, se supone- no cae en esas actitudes. Se me puede objetar, claro.
Lo cierto es que la película recoge esa sensación de millones de personas de que la política no sirve para nada, o sí, para enriquecerse. Todos y cada uno de los políticos del filme son una panda de personas sin escrúpulos, claramente sinvergüenzas, tanto da que sean de un partido de extrema derecha -como el Nox de la película- como de cualquier otra formación.
En definitiva, la obra servirá para aquellas formaciones populistas que abundan en la idea de que la política no sirve para nada y que “el pueblo salva al pueblo”, tras la Dana de Valencia y que promocionaron las brigadas fascistas. Si eso fuera cierto, ¿para qué queremos el Estado?
El grupo Godó ha decidido proponer a la redacción de LA VANGUARDIA un debate interno sobre el rumbo del diario, según informa Dircomfidencial.
Esto puede significar que el equipo directivo está bloqueado o que sus cuadros medios -redactores jefe y jefes de sección no están desarrollando bien su labor.
Es una buena idea, pero demuestra que la dirección y la empresa están perdiendo el rumbo: algo no funciona en ese medio y los directivos no aciertan a definir qué es lo que pasa. Sería una auténtica desgracia que un diario de este calibre desapareciera del mercado.
No deja de ser cierto que el diario en papel está de capa caída, pero aún estamos lejos de su desaparición. La prueba es que no se ha cerrado ningún medio escrito desde la desaparición de PÚBLICO, el único medio decididamente de izquierdas del periodismo en España.
LA VANGUARDIA ha visto las orejas al lobo y ha decidido llamar al rebaño para que busque soluciones. Pero no hay ninguna garantía de que lo que proponga la redacción vaya a aplicarse en la línea del periódico.
Por ejemplo, la redacción -que es moderadamente de izquierdas, según recientes encuestas- podría proponer abrir la agenda del medio a otros públicos. En la actualidad LA VANGUARDIA es el diario de la clase alta catalana y de una parte pequeña de la clase media, media-alta.
Sin duda estamos ante un buen periódico, pero está estancado, de ahí que la dirección busque fórmulas para acomodarse a un futuro más prometedor. Lo más curioso es que la empresa acuda a la redacción, y no a un consultor externo. Quizás lo haya hecho y el resultado de esa consulta no haya repercutido en la marcha del producto.
Está claro que los compradores de clase alta y media de ese medio no van a comprar más ejemplares. El target diríamos que ya está completado.
¿De dónde obtener nuevos lectores-compradores? De las clases sociales que están alejadas de su agenda.
Hablamos de los sindicatos y de los miembros de plataformas sociales. Se trata de millones de personas que trabajan cada día y que tienen un nivel educativo más que aceptable. Es decir, si compran un diario lo entienden. Eso significaría un giro a la izquierda que no sabemos si el Conde, y su hijo, aceptarían.
Pero para ello ese medio tiene que tentarles, ofrecerles historias y personajes con los que se identifiquen. ¿De qué sirve a un trabajador las páginas económicas de un diario que sólo habla de empresas y empresarios?
¿Acaso no tienen sus líderes con los que se reconocen?
El responsable de la rama de la automoción de CCOO o de UGT es conocido por miles de trabajadores, pero nunca aparece en LA VANGUARDIA. ¿Por qué?
Se trata, sin duda, de una actitud propia de un medio propiedad de un oligarca y, además, aristócrata, lo que, sin duda, condiciona a sus periodistas para no escribir historias que vayan en contra de los intereses del “amo”.
Pero las cosas han llegado al extremo de que se intuye una crisis inminente y por eso la empresa convoca a sus redactores a una especie de “tormenta de cerebros” (brainstorm) en un debate interno. Ignoramos la fórmula: no sabemos si se hará sobre una plantilla de preguntas o se dará a la gente la opción de indicar libremente sus preferencias periodísticas.
Y, además, surge una pregunta clave: ¿qué se hará con las respuestas?
Todo parece indicar que la dirección leerá las propuestas y actuará en consecuencia. ¿En consecuencia?, ¿Quién lo dice?
LA VANGUARDIA ha perdido importancia en el ranking digital. De estar como líder ahora no está siquiera en la lista de los diez primeros. No es que su web fuera mala, pero la parte informativa ya la encuentra el lector en los otros miles de páginas digitales, y, además, mejor escritas.
Al decir “mejor escritas” nos referimos al hecho de que las noticias de actualidad han de estar enmarcadas en un contexto, lo que significa que debes tener buenos redactores, con experiencia, sabiduría y profesionalidad.
Muchas de las actuales webs informativas son escritas por estudiantes en prácticas, que sin duda ponen todo su empeño en realizar buen trabajo pero no pueden enriquecer los textos por falta de bagaje periodístico.
El debate de LA VANGUARDIA servirá a quienes nos dedicamos a la investigación porque nos indicará cuáles son las preferencias y pretensiones de los periodistas, pero no creo que la dirección de ese medio, Jordi Juan actualmente, nos facilite las respuestas.
Lógicamente nos llegarán por otras vías. Todos tenemos amigos en la redacción de los Godó que nos facilitarán el dossier.
Para la empresa es todo un riesgo esa consulta porque puede desanimar a la redacción si no se atienden sus sugerencias. Y no hay nada más negativo para un equipo que desconfiar de la dirección.
Por otra parte es una satisfacción descubrir que los medios en papel no desaparecen, todo lo contrario. La revista PRONTO dejará la edición digital para distribuirse solo en papel. RBA ha decidido sacar al mercado una nueva publicación, sobre temas de arquitectura, moda, belleza…
Según el presidente de la Asociación de Revistas ARI, Andrés Rodriguez, la oferta digital es cada vez más confusa, y hastía a sus usuarios, dijo en “Medios” del pasado 7 de abril.
Y para terminar aprovecharemos que LA VANGUARDIA tiene un espacio para periodistas ocasionales. Uno de esos colaboradores ha entrevistado a un quiosquero que le ha confesado que el periódico se lee con calma, leer un diario es otra experiencia, se confía en su información. El papel, añade, transmite veracidad que el mundo digital no tiene.
Bien, se me dirá que son opiniones de una sola persona, pero las aporto aquí como guía para navegantes.
El diario LA VANGUARDIA acaba de cumplir 145 años. Nacido en 1881, ha pasado por diferentes etapas sociales, económicas y políticas. Pero es incorrecto decir que LA VANGUARDIA celebra 145 años de periodismo: se le tienen que descontar los 37 de dictadura y tres de la república. En esos 40 años no puede decirse que se hubiera hecho periodismo.
Durante la dictadura, la familia Godó, editor del diario, se puso a disposición del franquismo. Incluso el conde de Godó llegó a ostentar algún cargo, más bien honorífico, entre los sátrapas de Franco. Entonces LV era “La Vanguardia Española”. El adjetivo decayó cuando se vio que esto de la transición iba en serio.
Ahora se celebran 145 años, que serían 105 de periodismo y 40 de etapas negras. El conde dice en su nota publicada en el suplemento que “lo que no ha cambiado es el compromiso con la verdad”.
Al parecer nadie le ha explicado que los periodistas no buscamos la verdad, sino ofrecer al lector todos los datos para que comprenda un hecho. Decidir qué es verdad y qué no, corresponde a Dios, caso de que exista, claro.
Cuando un medio celebra un aniversario se suelen explicitar los datos internos del medio para demostrar al lector cómo se hace el medio, quien lo hace y cual es el entorno económico en el que se diseña la estrategia.
En el caso del suplemento de LV no es así. Sí se dice que lo elaboran unos 200 profesionales, pero no se indica cuantos más están trabajando desde empresas o plataformas cercanas. No se reconoce el valor del trabajo ajeno, cuando es indispensable si se quiere ofrecer al lector un diario con unas 48 a 96 páginas.
No se sabe, ni lo dicen, cual es la composición del capital de la empresa editora. Se sabe que es de la familia Godó, pero ignoramos cuantos accionistas tiene la sociedad.
Además, casi se ignora la importancia de los comités de empresa y comités profesionales, sin los cuales no puede hablarse de un medio de comunicación transparente y demócrata.
Tampoco se explica cual es la estrategia de comunicación de LV. Por ejemplo, no se habla de por qué se da tanta importancia a la sección de Economía y tan poco al mundo laboral. La inmensa mayor parte de la sociedad lo forman trabajadores por cuenta ajena. Sus sindicatos tienen miles de cuadros, de profesionales especializados en materia laboral, sindical, sanitaria…etc. Pero LV ha ignorado el mundo laboral.
¿Por qué? Porque este diario está a disposición de la burguesía catalana y española.
LV sirve de ariete para defender la propiedad privada especulativa, para atacar los planes municipales de Ada Colau, para defender el coche en la ciudad, para criticar la política anti-deshaucios, en fin, LV no informa de lo que ocurre en la sociedad, tan solo lo hace de lo que puede agradar a la burguesía.
El suplemento tiene 128 páginas, de las que 60 son páginas enteras de publicidad. Se pueden ver anuncios de CaixaBank, del RACC, de la Fira, de Repsol… en todos ellos se felicita al diario por ese aniversario. Lógicamente no aparece ningún anuncio de los sindicatos, que no tienen nada que agradecer al periódico.
A pesar de nuestras críticas debemos reconocer que en el suplemento aparecen algunas piezas periodísticas de valor, en forma de entrevistas.
En resumen, LA VANGUARDIA ha perdido la ocasión de justificar ante sus lectores su política periodística, las fuentes de su economía y la participación de los periodistas en la toma de decisiones.
Por Manuel López, profesor de universidad y periodista.
El Grupo Godó ha entrado en pánico: se ha registrado una caída brutal de visitas en su web, que ha pasado de ser la tercera al número 13. Esto significa menos ingresos, menos prestigio, menos influencia en la sociedad y… lo que es peor es que no hay demasiadas salidas cuando un medio entra en esa dinámica.
Pero el problema no es sólo ver cuántos cliks obtenemos. La Vanguardia no tiene bien solucionada la gestión de la redacción y no ha convertido su web en un instrumento multimedia. De esto hablaremos más adelante.
El medio que ha informado primero de este problema es Dirconfidencial, ligado a empresas de publicidad, lo que le convierte en sospechoso al no formar parte del sector del periodismo. Sus intereses están más cercano al campo publicitario y ve el periodismo como una presa fácil para ayudar a hacer negocios a los anunciantes.
El desplome de LA VANGURDIA puede ser serio. Según recientes estadísticas tenía 113.000 suscriptores digitales. Caso de que haya registrado un descenso en sus suscripciones del 20% eso significaría una merma en los ingresos significativo. Los datos no son oficiales.
Otra cosa es el prestigio: no es lo mismo ofrecer a los anunciantes una web con 113.000 suscriptores y 200.000 usuarios al día, que hacerlo con menores cifras.
¿Cuáles son los problemas de esa caída?
Pocos, pero significativos. Por una parte, se ha detectado un empeoramiento de la oferta redaccional. Es decir, las noticias, reportajes, entrevistas y páginas de opinión de LA VANGUARDIA han perdido calidad y están dejando de interesar al público. O al menos eso se desprende de un primer análisis.
Hace diez años este periódico tenía un corresponsal en Buenos Aires que le costaba 100.000 euros al año, pero elimino el puesto. Ahora sabemos que un conjunto de medios puede compartir un corresponsal donde sea, pero ¿se hace? La sección de internacional era de gran calidad, pero se ha reducido la plantilla de los corresponsales.
Quizás en la crisis influya que la oferta digital es cada vez mayor en el mercado nacional, pero los medios del grupo Godó deben saber combatir a los rivales, de lo contrario perderá lo ganado hasta ahora en muy poco tiempo. Ya se sabe que conseguir audiencias cuesta mucho y perderlas muy poco.
La caída de la calidad informativa parece venir por el hecho de que se ha externalizado una cierta parte de la producción. Los periodistas de ese medio están bien pagados, pero las empresas contratadas para suministrarle noticias no suelen tener plantillas tan sólidas como la que se puede encontrar en LA VANGURDIA, como hemos señalado antes.
Esa externalización lo ha sido, sin duda, para ahorrar dinero. Y mucho. No es lo mismo pagar a un periodista de la redacción central 6.000 euros brutos al mes, que pagar 2.000 euros brutos en la empresa externa. ¿Cómo va a trabajar bien un periodista externo cuando sabe que por el mismo trabajo cobran tres veces más los de la plantilla central?
Los cambios que parece afrontar LA VANGUARDIA van de la mano de sacrificar a las empresas externas y pasar todo su trabajo a la redacción. Es decir, los periodistas de plantilla van a tener que trabajar mucho más a partir de ahora, lo que puede significar una pérdida de calidad al tratar de incrementar la productividad sin reforzar el equipo central.
Es decir, LA VANGUARDIA se mete en la boca del lobo: si ha perdido lectores por la supuesta baja de calidad, ¿cómo puede aspirar a ganarlos con menos gente y más atareada?
Pero el problema general es que la dirección de la plantilla está mal enfocada. Es una evidencia en la prensa española la baja calidad de los cuadros medios. Esos redactores jefes y jefes de sección, y también subdirectores y directores adjuntos, suelen llegar a sus puestos por muchos motivos, pero no por su calidad periodística.
En el periodismo, y en La Vanguardia pasa igual, se elige a gente mediocre para mandar en la redacción. Esta afirmación no es general, no todos los cuadros son malos profesionales, pero sólo que lo sea una tercera parte ya se deja notar en la calidad del producto.
Se elige, para mandar ,en las diferentes secciones, a gente adicta al director, a gente sumisa. Eso suele suceder en todas las empresas. No suelen haber gestores como los que ha fichado la industria del automóvil en los últimos años en cuya elección ha primado más la calidad profesional que la afinidad a la dirección.
Un buen redactor jefe te hace vender periódicos, sin duda. Un buen redactor jefe es aquel que deja libertad a sus redactores y redactoras para que busquen y elaboren noticias sin cortapisas ni censuras. Y que los proteja en caso de problemas.
La Vanguardia es un buen periódico, sin duda, pero podría ser mejor si sus redactores dieran relevancia a los auténticos líderes de la sociedad, no sólo a los líderes económicos o políticos con poltrona.
¿Cuándo se ve en La Vanguardia una buena entrevista con el líder de la plataforma contra la especulación urbanística o contra los desahucios?
¿Cuándo se ve en las páginas económicas de La Vanguardia a los líderes sindicales que negocian convenios de nivel regional o local que afectan a centenares de miles de personas?
¿Dónde están los líderes universitarios o del sector de la sanidad?
Sólo aparecen cuando queman un contenedor o cortan una autopista.
Ya sabemos que La Vanguardia es un medio más bien de la derecha, pero la campaña que hizo contra la ex alcaldesa Ada Colau fue ignominiosa. Se dio mucho más protagonismo a sus enemigos que a analizar la buena gestión de la regidora en materia de suelo… Y eso no ha gustado a parte de sus lectores.
Un exdirector de La Vanguardia me explicó, hace años, que el propietario Conde de Godó, ya octogenario, que cuando se le explicaba que el diario debía tener una buena web, su respuesta era siempre la misma: “y eso me va a hacer ganar más dinero?” Puede ser cierto, o no, que haya hecho este comentario, pero se ajusta muy bien a lo que busca actualmente el diario.
LA WEB, CON PROBLEMAS
Pero no sólo estamos ante un problema de dirección de la redacción. El otro gran déficit es la propia web. ¿Qué ofrece la plataforma de La Vanguardia que la diferencie de las demás webs?
Sin duda la calidad de la oferta periodística, que ha ido a menos, según se reconoce por parte de la redacción. Pero hay más: la web de La Vanguardia no es dinámica, no ofrece vídeos, no permite “linkar” demasiado a otras plataformas para ampliar la información. Muchas de las imágenes son de agencia, lo que significa que también las tienen los otros medios.
En la web de este medio podemos encontrar enlaces a páginas de servicios, de diversión, de consumo, pero no parece que estén siendo aceptadas por el público a tenor de la gran caída en las visitas. Muchas de las propuestas de consumo lo son para la gente adinerada.
Una web, actualmente, ha de ser muy dinámica, con buenos titulares, con información pensada para el mundo digital, y no sólo reflejando lo que dirá al día siguiente el diario en papel.
En fin, La Vanguardia adolece de muchos de los males del periodismo español. No vamos a hacer un ranking de cuál es más importante y cuál no. Pero podemos establecer un listado de temas que conducen a que el diario en papel desaparezca poco a poco, y que sus webs se contaminen de la dinámica trágica del principal medio.
Fijémonos que en España hay una crisis estructural en el periodismo. No se sabe cómo mantener las ventas, pero hay salidas: ventas en la calle, en los grandes acontecimientos, a la salida del metro, en las empresas… Sí hablamos de los voceadores, que tanta importancia tenían en los años sesenta y setenta. Se pueden plantear suscripciones a asociaciones de vecinos, sindicatos, colectivos sociales…
Al mismo tiempo comprobamos que no hay expendedores automáticos de periódicos. En New York lo están por todas partes.
En España ha habido recortes en las plantillas: esto ha generado una pérdida de calidad. No se ha sabido reemplazar a viejos compradores por jóvenes usuarios. En la web sí que se podría hacer, siempre que se atienda los intereses de la gente menor de 40 años. Pero no sólo con divertimentos, sino reflejando sus anhelos, deseos e intereses. Y analizando sus problemas.
Los medios españoles están demasiado condicionados por el partidismo político. Se podría hacer, ahora mismo, una tabla en la que aparezcan los medios de derecha, los de centro y… casi ninguno de izquierdas. Y, sin embargo, la mitad de los españoles votan a partidos de izquierdas. Si eres de izquierdas, ¿qué atractivo te ofrece La Vanguardia?
Hay desconfianza del público a los medios en papel, pero también hacia los medios digitales, aunque en menor medida. Al público se le ha acostumbrado, en el mundo digital, a titulares rutilantes y textos cortos y poco meditados. Al público se le ha llevado a plataformas estilo tic-tok… mucha diversión, mucho entretenimiento pero poco contenido y el que hay es sumamente reaccionario.
En la lista de problemas del periodismo en papel, y secundariamente en sus webs, encontramos la dictadura de las agencias publicitarias. Se ha desbancado de las páginas de la izquierda la información. Sin duda las páginas impares son las más vistas porque aparecen a la vista del lector en primer lugar.
Es también un problema del periodismo español la verificación de noticias y de fuentes. Apenas existen defensores del lector o comités de revisión. Apenas se hace autocrítica.
No se crean clubs de lectores para detectar sus gustos y sus críticas. Hay medios en Latinoamérica que reúnen a grupos de hasta quince personas, una vez cada semestre, para que hablen de cómo ven el periódico o la web,
No se sabe demasiado bien como se toman las decisiones editoriales, quizás porque las empresas se esconden en la ambigüedad, y en el secretismo fruto de la gran concentración de medios que se observa en España. Pocas empresas informan anualmente a qué grupos empresariales pertenecen o de quien es la propiedad del medio. No es extrañar que el lector desconfíe.
La precariedad laboral también es uno de los problemas del periodismo español. No es el caso de La Vanguardia, pero sí de sus empresas subsidiarias. No se puede trabajar con periodistas jóvenes que cobren 1,500 euros netos al mes. Con eso no pueden pagarse siquiera dónde vivir.
Y si hablamos del tratamiento de los temas sensible encontraremos un gran déficit de calidad. Se observó durante el llamado “procés” catalán, pero también en la cuestión del género, inmigración, procesos judiciales tratados como si fueran un partido de futbol…
En conclusión: hay futuro para el periodismo en papel y para sus webs, pero siempre que se actúe con claridad, con acierto en las direcciones empresariales y periodísticas y con autocrítica continua.
(Éste artículo ha sido realizado con datos facilitados por la IA, pero tratados con la críticamente, porque la inteligencia artificial suele cometer numerosos errores de apreciación y de utilización de fuentes. No hemos de olvidar que la IA está en manos de las grandes corporaciones mundiales y que se nutre de informaciones ya publicadas y seleccionadas por ordenadores, sí, pero por personas, al fin y al cabo).
Por Manuel López, profesor de universidad y periodista.
por Manuel López, profesor universitario y periodista
Bebemos lo que nos dicen. Comemos lo que nos indican. Y… leemos lo que nos recomiendan los medios. Bueno, en realidad no son los medios periodísticos los que nos dicen qué tenemos qué leer. Ellos están sometidos al imperio del gran negocio de las editoriales. Muchas de estas empresas están, ahora, ligadas a capital extranjero, poco considerado con las culturas. locales Vamos hacia una gran homogeneización cultural en la que todo se parece, todo es igual.
¿Hablamos de cultura? Cultura viene del latín colo, colere, cultum, es decir, cultivar. En nuestro mundo viene a significar que la cultura es un bien intelectual que sirve para mejorar a la gente, al pueblo. Se le cultiva para que sepa afrontar los problemas para que se enriquezca con nuevos saberes y pensamientos… o al menos eso espero.
La cultura deja de tener un valor simbólico para medirse por su valor económico, o al menos eso se lee en el Chat GPT, al que a veces es aconsejable acercarse, eso sí, con gran prevención.
No nos debe extrañar que las secciones literarias de los periódicos, tv, radio y digitales coincidan, día a día, en sus recomendaciones. Hay una cierta unanimidad en ofrecer “sus recomendaciones culturales” en forma contradictoria con lo que significa el término.
No es casualidad, estamos ante el efecto del dictado mercantil. Hay ejemplos de mercantilización que hacen reír. Cuando yo ejercía de periodista en EL PERIODICO DE CATALUNYA se nos invitaba a una gran cena para dar a conocer el premio Planeta.
Los invitados no éramos seleccionados, sencillamente se hacía listas de periodistas a bulto y cuantos más fueran, mejor para la empresa de la familia Lara, propietaria de la editorial Planeta.
Al entrar o al salir se nos obsequiaba con algún electrodoméstico: quizás una plancha, o un aparato de radio. Como es lógico, la mayoría de los asistentes acudían para obtener el obsequio.
Lo de menos era el premio. Ya se sabe que el premio Planeta no es de los más prestigiosos de las letras españolas. Un paseo por internet nos indica que en nuestro país se convocan no menos de cien premios literarios cada año. Algunos muy prestigiosos, como el Nadal. Pero no tienen el empuje publicitario del premio de los Lara.
Pero esa gran cena-obsequio del Planeta consigue algo que ya tenían pensado sus convocantes: un notable impacto en los medios. Es decir, publicidad gratuita. Y en esa trampa caen todos los periódicos, especialmente los más importantes, La Vanguardia, El País…etc
El premio Planeta está bien dotado, ya que el ganador se lleva un millón de euros, de los que le quedarán poco más de la mitad tras cumplir con Hacienda. Pero es un premio poco prestigioso, a pesar del impacto publicitario, que en la última edición ganó Juan del Val. Esta ha sido la primera ocasión en que el ganador ha sido criticado por casi todos los medios. Especialmente porque está íntimamente relacionado con la editorial y, luego, porque la crítica literaria no le da demasiado valor. Tampoco le da prestigio su aportación al programa de Tv “El Hormiguero”, de gran audiencia, pero de escasa importancia cultural.
Pero la mercantilización de la cultura es un síntoma de que la sociedad se cierra el futuro. Si no hay crítica, no hay reflexión. La mercantilización de la cultura nos lleva a que un buen profesor de literatura de la antigua Escuela Oficial de Periodismo de Barcelona, ya muerto, me dijo un día que él formaba parte del jurado del premio Planeta porque tenía cuatro hijos, y con algo había que alimentarlos.
Era un profesor extraordinario, de los que te abre los ojos ya en su primera lección. Pero era significativo que un buen intelectual tuviera que pasar por ese trago, es decir, aceptar a pie juntillas las decisiones empresariales, tomadas antes que ni siquiera se hubiera reunido el jurado.
Todo esto lo saben los medios, los periodistas llamados “culturales”, más pendientes de cobrar a final de mes que a escribir de lo que saben, lo que intuyen qué pasa entre bambalinas, que deben investigar el por qué a Juan del Val se le ha concedido tan suculento premio.
El pasado año Planeta vendió 46 millones de ejemplares. No está nada mal por una obra mediocre. Si multiplicamos esa cifra por los 20 euros que puede costar cada ejemplar nos sale una cifra más que importante: 900 millones de euros.
Pero sigamos hablando de la mercantilización. Ese proceso llega también a las librerías. Existe una en el bohemio barrio de Gracia, de Barcelona, la librería Taifa, que a pesar de estar muy arraigada al barrio no vende la obra literaria de los escritores de la zona. En Gracia hay unos cien escritores, muchos de ellos en gestión de autoedición, a los que sus vecinos no pueden llegar porque Taifa sólo vende lo que le exigen los distribuidores y las empresas editoriales.
Taifa ha olvidado su función: hacer llegar al público lo que se edita, lo que se publica, lo que se tiene que ofrecer al público para que elija. Y más si se trata de escritores del barrio. Pero si se restringe la oferta a lo que digan las editoriales, poca cultura se está generando.
No deja de ser cierto que La Vanguardia, El País y casi todos los medios españoles adolecen de una falta de ética periodística que les obligaría a entrar a fondo en la producción literaria que se genera en el país, y no solo la que deciden las grandes empresas,
No es de extrañar que los grandes periódicos estén a punto de desaparecer en los quioscos y que sus ediciones digitales sólo sirvan para leer los titulares mientras tomamos el café. Nadie entra en las páginas culturales de los diarios, ¿para qué hacerlo?, ¿para qué seguir a medios que convierten el arte en mercancía?
por Manuel López, profesor universitario y periodista
“Es peligroso no conocer al enemigo y más peligroso es desconocer al amigo” (Víctor Malope, filósofo).
Por Manuel López, doctor en CC de la Información y periodista.
La ideología en los medios de comunicación españoles y extranjeros, principalmente del bloque de países democráticos, está en función de la propiedad de los medios y de las leyes que regulan su día a día. Los periodistas apenas tienen importancia en la confección de la agenda periodística. Esta idea, lógicamente, será rebatida por compañeros de la crítica de los medios, pero el debate es bueno.
Hay medios que se consideran de centro-izquierda, como EL PAÍS, y otros que se consideran únicamente de centro, como LA VANGUARDIA. En teoría, las diferencias entre uno y otro puede ser menor: unos estarán contra la especulación urbanística mientras que otros la verán de forma benigna.
Hay medios que dan más espacio, más importancia, a la política y otros a la sección de sociedad. Eso está bien: sólo faltaría que los medios de comunicación fueran idénticos, aunque por el análisis de las portadas diarias no parecen tan diferentes.
La coincidencia en temas de la agenda diaria ya está estudiada por Gaye Tuchmann, Furio Colombo y otros viejos pensadores del periodismo. Manuel Vázquez Montalbán, un escritor, periodista y activista comunista, lo expresó en su “Informe sobre la información” (enero de 1975, Ed. de bolsillo). Los cinco redactores-jefe de las cinco agencias internacionales del mundo son los que dirigen la agenda informativa del mundo. Hablamos de cinco personas que en los años setenta podían decidir qué temas debían ser investigados por sus periodistas, qué temas no. Adonde dirigir los esfuerzos, adonde enviar a sus corresponsales. Y lo más importante, cómo presentaban sus noticias al mundo. Son los que decían a los diarios cómo debían titular.
Hoy este oligopolio no existe como tal. Internet ha roto el esquema de “Editor envía al Receptor algo”. Y el Receptor le responde. Hoy, el receptor es, per se, un Emisor nato.
Pero no deja de ser cierto que la agenda de noticias que emiten los medios informativos de nuestro bloque de países democráticos es muy parecida. Gaza casi ha desaparecido de los informativos desde hace dos semanas (aunque los israelís siguen matando palestinos), pero ha aparecido otro tema que ocupa portadas y páginas interiores, tanto de la prensa en papel como en la comunicación digital.
Hablamos de los superpetroleros que EEUU está bloqueando en el mar caribe y que, posiblemente, esa vigilancia se extienda a todo el planeta. Se trata de buques que transportan petróleo y gas de un punto a otro. De un país productor a otro que no lo es, o que tiene déficit.
Los medios, desde hace dos semanas, se están centrando en ese tema. Y lo que es realmente criticable es que nuestros periódicos y nuestros digitales están comprando el punto de vista de los EEUU: esos superpetroleros son peligrosos porque están dando vida a Venezuela (hoy Venezuela, mañana otro país). EEUU dicen que son “malos” y nuestros mejores periódicos asumen esa supuesta verdad.
El punto de vista imperante en nuestros medios, y principalmente en EL PAÍS y LA VANGUARDIA -diarios que hemos estudiado atentamente- es que es lícito ese embargo y esa política de interceptación de transportes.
Es decir, el punto de vista de esos medios es que EEUU tiene el derecho a hacerlo, cuando no hay legislación alguna que permita abordar a buques en medio del mar a no ser que sean un peligro para la humanidad (que transporten material bélico nuclear, por ejemplo).
La ONU no se ha manifestado todavía, pero probablemente lo haga en contra de esa política intervencionista.
En el continente americano, desde el canal de Panamá hacia el sur, las opiniones son contradictorias. Brasil está en contra, mientras que Argentina está a favor. Colombia tiembla ante un posible conflicto terrestre provocado por EEUU en Venezuela, pero en Chile aplauden a Trump.
Mientras tanto, EEUU sigue adelante con su política, con las bravatas de su presidente y con la movilización de una gran flota de buques con capacidad para desembarcar 5000 soldados en pocas horas. En ese “mientras tanto” se observa la constante destrucción de pequeñas naves supuestamente pilotadas por narcotraficantes y se detecta ya a pequeños núcleos de “patriotas” venezolanos dispuestos a apoyar una intervención armada norteamericana.
En el mundo nadie está tranquilo con un presidente todopoderoso que tiene una fuerza militar extraordinaria en sus manos y que la está ejerciendo día a día en cualquier parte del mundo.
Es cierto que el discurso militarista de los EEUU está calando, y de manera muy evidente, en los medios españoles. LA VANGUARDIA y EL PAIS han “comprado” la estrategia informativa de Trump: no ponen nunca en duda la política norteamericana respecto a los petroleros.
Es más, parecen apoyarla desde el momento en que nunca dudan sobre las fuentes informativas que emplean y sus intenciones. Se publica alguna que otra columna de expertos en política internacional que sirve como excusa para decir que EL PAIS y LA VANGUARDIA dan cobijo a fuentes diferentes.
Pero no es así: se asume la agenda informativa de la Casa Blanca y se festejan, o casi, las aprensiones de superpetroleros. ¿Y qué pasará cuando uno de los superpetroleros responda con las armas?
Esos periódicos no ponen en duda que EEUU tienen la razón para abordar las naves. No estudian ni analizan las razones de los países que emplean esa flota para intentar vender su petróleo. Se da por supuesto que el bloqueo de Irán, Venezuela y el siguiente país, es legítimo.
La ley del mar no autoriza, ni permite, ni tolera esas intervenciones, pero EL PAIS y LA VANGUARDIA no hablan de ello. Todo vale y todo es lícito para asumir la agenda norteamericana.
Nadie recuerda que los EEUU tienen una larga historia de intervenciones militares en la América latina. Ha habido desembarcos y ocupación de territorios, atentados, golpes de estado, bombardeos… pero eso no parece alertar la línea editorial de EL PAIS y LA VANGUARDIA.
Todo eso se ha olvidado. Lo que interesa ahora es estar a favor del poderoso, no sea caso de que Trump, o el embajador americano en Madrid, tome nota y haga desaparecer a los medios críticos con sus intereses. Tienen fondos de inversión suficientes como para poder poner al director en cualquiera de esos medios.
Está en juego la paz en el mundo: no se puede defender el rearme, como lo hacen LA VANGUARDIA y EL PAIS, cuando deberían trabajar por el desarme. Parecen olvidar que a Trump le viene al pairo quien gobierne Venezuela, un presidente, una presidenta supuestamente demócrata, metida con calzador en el palacio presidencial. A Trump lo que le interesa es el petróleo… y que el mundo se rinda a sus pies.
Las gentes del periodismo catalán acaban de celebrar su VII congreso. Y se ha aprobado un nuevo código ético. El anterior congreso se celebró hace nada menos que diez años. Demasiados. ¿qué ha pasado en la profesión durante esta década?, y una pregunta clave en éste artículo: ¿Quién tiene autoridad para aplicar el código y sus posibles consecuencias?, ¿qué autoridad puede quitarle el carnet de periodista a una persona o castigar a una empresa que entre en el delito de saltarse estas normas?
Hay gente con intereses espurios a los que les encanta vivir en el caos informativo. Contra ellos va este código.
En líneas generales podríamos indicar que las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) se han desarrollado de tal manera que ha sorprendido a todos. Ninguno de los ordenadores ni teléfonos portátiles ni los programas que empleábamos hace una década sirven para nada. Han surgido protagonistas digitales, las plataformas, que han modificado y modificarán la forma y manera de hacer comunicación.
Son tan espectaculares los avances tecnológicos que sorprende que la sociedad de la comunicación haya podido absorberlos con tranquilidad. Nada de esto: ha habido abusos dado que es sumamente fácil crear una web, un producto digital y lanzarlo desde el más absoluto anonimato. ¿Quién controla la veracidad del contenido?, ¿es suficiente el autocontrol?
Esto genera confusión entre el público. Hay mucha gente que ya no sabe discernir entre un buen medio de comunicación y otro que no lo sea.
Europa y España están estudiando cómo hacer para que los pseudo periodistas vean reducido su campo de actuación y que los llamados “influencers” dejen de convertirse en líderes de opinión más allá de promocionar productos comerciales.
Las estadísticas indican que una buena parte de la población juvenil, de entre 18 y 25 años, sólo se informan por medios digitales. Yo creo que la franja de edad que está en esta situación es mayor, pero vamos a quedarnos con ese escenario.
Es cierto que el consumo de productos digitales del sector de la comunicación mantiene una especie de vorágine consumista: hay plataformas en las que únicamente se emiten videos de 20 segundos, y otras que te permiten hasta media hora. Todo lo que digas en esos espacios de tiempo es tuyo. Y puedes decir y hacer lo que quieras.
Lógicamente, la sociedad no puede permitirse que una minoría de personas o de empresas dirijan la opinión pública hacia limites que deriven en un atentado contra los derechos humanos, y que lo hagan desde el anonimato. Es decir, no puede permitirse que en webs o blogs se fomente la pornografía infantil -perseguida-, o que se defienda el racismo, se ataque al pobre o se critique que se deba hacer algo para combatir el cambio climático.
¿Hasta qué punto puede la sociedad permitir que se ataquen y conculquen los derechos humanos (DDHH)?
En el periodismo sí que podemos intervenir en ese debate, si me permiten, en esa lucha. El combate consiste en que los medios sean respetuosos con el código ético que se acaba de aprobar en el VII congreso de los periodistas catalanes. Y que los periodistas -y las empresas- respondan si transgreden el código.
Estamos ante un código de aplicación universal, es decir, los periodistas de cualquier país del mundo pueden adaptarlo a sus circunstancias y valores, sin necesidad de añadir poca cosa más.
Los DDHH son un compendio de propuestas para que la sociedad se otorgue unas normas de convivencia alejadas de los conflictos y las injusticias. Claro está que aquí caben muchos aspectos a detallar o reglamentar, pero la realidad es que si se respetan los derechos humanos, la sociedad va mejor.
Es en este sentido que la sociedad de la comunicación catalana se ha hecho con unas normas éticas que, si se respetan, pueden facilitar la convivencia entre las personas.
Por ejemplo, el código propone que:
. se trate con especial cuidado las noticias referentes al suicidio
. se trabaje en favor del cambio climático y se haga “boicot” a las empresas que están en contra
. se trabaje contra el racismo
. se está en contra de la manipulación de imágenes
. se trabaje éticamente con la inteligencia artificial
. se facilite el trato con la diversidad
. con los conflictos bélicos se debe mantener una política de apaciguamiento y no echar más leña al fuego
. se prevenga el plagio
. se citen las fuentes
. se verifiquen las noticias
. se abone el tratamiento de la información de proximidad
. se verifiquen contenidos generados automáticamente por plataformas
. el periodista ha de ser un filtro de calidad, no un simple transmisor
. Se ha de ser responsable al utilizar la Inteligencia Artificial (IA). Si se utiliza, se ha de indicar y explicar qué partes de nuestro trabajo proceden de esa plataforma.
Y otros puntos que no por no ser detallados aquí no sean importantes.
Todos estas propuestas son jalones de una escalera que nos ha de llevar a la excelencia informativa. Lógicamente, siempre habrá problemas y conflictos de cómo enfocar determinadas noticias y, sobre todo, de qué hacer con las empresas y personas que no respeten e incluso atenten contra el código ético recién aprobado.
Dado que en España no existe la obligatoriedad de la colegiación de los periodistas, se hace difícil aplicar éste código. De momento sólo hay una entidad, no oficial, que entre a estudiar los atentados contra el código: el Consell de la Informació de Catalunya (CIC). Se trata de una entidad independiente apoyada por el colegio de periodistas, sindicatos y diferentes colectivos. Su función es dirimir denuncias por posibles atentados contra el código ético.
Su funcionamiento es ejemplar: cuando se recibe una queja o una “denuncia”, se abre un expediente informativo que puede derivar en un expediente definitivo en el que se hace constar si ha habido “delito” o no. Naturalmente no podemos hablar de “delito” porque el CIC no es una instancia judicial, pero la resolución tiene su importancia porque expone ante la sociedad esos atentados a las normas deontológicas.
Pero el CIC tiene sus limitaciones. No tiene el Boletín Oficial del Estado a su disposición. Tampoco el Diari de la Generalitat. Tan sólo un apartado en la web del colegio de periodistas y en su propia página digital. Ni siquiera la revista Capçalera, del colegio, se hace cargo de las sentencias. Cabe recordar aquí el caso de Olga Viza: “sentenciada” hace años por su participación en una campaña publicitaria de ING Direct, junto a Matías Prats. Pues bien, apenas hace dos años el colegio la distinguió como buena profesional, en contra del parecer de algunos colegiados, que se lo comunicaron por escrito al decano.
Hubo debate interno, pero en la revista del colegio no se hizo mención alguna hasta que intervino el CIC para indicar al director de la revista, Jordi Rovira, que no había cumplido con su misión de informar de lo que pasa en la entidad, y más cuando se trata de un asunto tan delicado. Es decir, en casa del herrero, cuchillo de palo.
La capacidad del CIC para hacer que sus expedientes puedan aplicarse en forma de sanción, por ejemplo, pasaría por el hecho de que el Consejo de la Información tuviera reconocimiento institucional. Que el Parlament de Catalunya le otorgara esa carta ejecutiva… ya se la he pedido, pero ya veremos cuando se discute o si se discute.
Existe otra entidad, ésta sí institucional, el Consell de l’Audiovisual de Catalunya (CAC) que tiene capacidad punitiva: puede sancionar a empresas que alteren sus compromisos con las normas aprobadas oficialmente.
Hasta que llegue el momento en que el CIC pueda tener capacidad institucional, veremos como sus “sentencias” sólo pueden ser consultadas, leídas o copiadas buscando en la red.
El momento actual no es simple, es complejo, pero los periodistas tienen -tenemos- un código ético actualizado que nos permite confrontar con la sociedad un trabajo que persigue la excelencia.
POR MANUEL LÓPEZ, DOCTOR EN CIENCIAS DE LA INFORMACIÓN Y PERIODISTA
Los miembros del Colegio de Periodistas de Cataluña están en proceso de revisión de su trabajo al ser convocados por la entidad en el VII congreso, a principios de noviembre. Es un momento muy acertado para debatir sobre la profesión porque en los últimos años ha habido tantos cambios e incidencias que si no se afrontan ya, el periodismo puede perder su norte, su función, su futuro. Actualmente son diversos problemas los que afectan a la profesión, pero yo diría que hay uno que aglutina todos, ¿hay, o no, derecho a la información? SI, HAY DERECHO A LA INFORMACIÓN, PERO… inicialmente diríamos que si, que hay derecho a la información, a distribuir y recibir noticias, reportajes, entrevistas, filmaciones, audios…etc. Pero todos estos géneros que permiten a los periodistas, y las periodistas, está claro, expresarse con rigor y respetando la ética profesional, están en peligro porque estamos ante una serie de factores que ponen en peligro el objetivo principal: hacer buen periodismo. No haremos un ranquing de problemas: no se trata de decir cuál es lo primero y qué el último. La idea general es que tenemos la sensación de que cada día es más difícil ejercer la profesión. La censura todavía existe, y quizás crece. Cada vez más las empresas periodísticas están más presionadas por el capital para que se conviertan en vías de expresión de los grandes intereses económicos. Y por las fuerzas políticas. Sorprende mucho ver que los diarios en papel dedican buena parte de las páginas nones -las de la derecha del lector- a publicidad, cuando todo el mundo sabe que es el espacio donde primer mira el lector, el más importante. La decisión de hacer que las nones estén ocupadas por la publicidad no ha sido de los periodistas. Pero esto es solo un pequeño ejemplo. Las páginas de economía están rellenadas de noticias empresariales, muchas veces no confrontadas, no verificadas. ¿Porque?, pues porque las secciones de economía de los diarios disponen, en general, de pocos periodistas, mientras que las grandes corporaciones tienen decenas de periodistas en plantilla que cada día se ocupan de intentar que los medios les sean favorables. Los bancos, las cajas, las grandes empresas inundan cada día las redacciones con comunicados de escaso valor, pero que sirven para que los periodistas tengan tanto trabajo al gestionarlas que no tienen tiempo para investigar. Los gabinetes de comunicación lo que hacen ses bloquean las redacciones. Así de claro. HABLAMOS DE LA OPACIDAD DE LAS EMPRESAS Y DE LA PRECARIEDAD Por encima de esta política, los periodistas de los grandes medios saben que la propiedad de sus empresas es opaca. Hay normativa europea que obliga a los medios a realizar un ejercicio de transparencia informativa, al menos una vez al año, pero a veces nos encontramos ante un conjunto de firmas que depende de otras firmas, y otros… Es imposible, muchas veces, saber de quién es la empresa. Sería irreal ahora discutir sobre si el mercado tiene que tener libertad o no de acción. Está avalado por la constitución y no hay ningún país europeo que ponga en entredicho esta premisa. Pero esto no quiere decir que los intereses empresariales tengan que estar por el encima de los intereses periodísticos. Y esto genera problemas a las redacciones. Y precariedad a la profesión por las decisiones empresariales… y también por el mercado. Y este problema no lo podrá resolver el Colegio de Periodistas de Cataluña (CPC) en este congreso. Le va demasiado grande. Además, el CPC es una entidad corporativa que tiene entre sus colegiados a trabajadores y directivos. Es decir, el CPC no es un sindicato con capacidad para discutir y negociar convenios o declaraciones editoriales, como si pueden hacer los sindicatos, por ejemplo el Sindicato de Periodistas de Cataluña (SPC) o los núcleos de periodistas de la UGT y de CCOO. El CPC no puede, pues, abordar este problema. Tampoco puede abordar el tema de la precariedad, puesto que, como hemos dicho, al CPC hay contratados y contratadores. El tema de las condiciones laborales tiene que ser tratado por el SPC. Pero si que puede entrar en otros temas que están a la agenda de los debates del congreso. Por ejemplo, el de la ética profesional. El congreso tiene que saber que la revista del CPC, Capçalera, dejó de tratar un debate interno de gran importancia: la periodista Olga Viza recibió, hace poco, una distinción profesional del colegio. Pues bien, un grupo de colegiados, entre ellos un exdecano y varios vocales de anteriores juntas del CPC, señalaron que la compañera Viza había sido señalada por el Consejo de la Información de Cataluña (CIC) por su irresponsable participación en un anuncio de ING, en compañía de Matías Prats. Esto va contra el código ético, y así lo comunicaron los compañeros que firmaron una carta dirigida al decano. La distinción se le dio igualmente, pero el debate no salió en la revista Capçalera hasta que el CIC recriminó a su director por el hecho de silenciarlo. El problema de la ética profesional es complejo. El CIC ha tenido mucho trabajo en este tema. Y lo ha resuelto muy bien, a pesar de que algunas “sentencias” han caído muy mal entre la actual junta directiva del CPC. Un problema consecuente es el de qué hacer en casos como el de Olga Viza. No es paso obligado la colegiación de los periodistas y si un periodista hace publicidad, pero no es miembro del CPC, no se le puede decir nada. Pero sí si se miembro del colegio. Los estatutos permiten actuar en contra de él, hasta el punto de expulsarlo o retirarle el carnet de identificación profesional. Estamos ante una situación compleja porque el CIC señala inconveniencias, transgresiones y atentados contra el código ético, pero no puede sancionar, a diferencia del CAC (Consejo del Audiovisual de Cataluña). Este congreso puede ser el marco adecuado para pedir que el CIC se convierta en entidad de interés público con capacidad ejecutiva. Es un tema interesante que quizás no se resuelva en este encuentro pero que puede indicar el camino cabe donde ir para hacer efectivas las “sentencias” del CIC. LA CREDIBILIDAD DEL OFICIO NO SE NEGOCIABLE Estamos hablando, aun así, de la credibilidad y del prestigio del oficio, sin duda. Así lo indica la convocatoria del congreso. Y es un acierto situar estos valores como los más importantes de cara al presente y al futuro. La reflexión colectiva de los periodistas convocados a este acontecimiento puede resolver muchas dudas: con negociaciones, pactos o por votaciones. El compromiso con la sociedad nos exige ser valientes y dejar que cada entidad asuma su responsabilidad. Al CPC le corresponde el papel de defender los valores y al SPC lo de defender los derechos.
Nuevo suplemento de GOOGLE en papel, entregado con EL PAIS, y quizás otros medios. Me sorprende, por segunda vez, que esta riquísima plataforma digital se comunique a través del papel. Esto significa que el papel todavía tiene…papel en la vida moderna.
No deja de ser cierto que en todas las redacciones de los medios informativos todas las mesas están llenas de papel. Periódicos, dossiers, carpetas diversas… no todo lo que llega a un diario, una emisora de radio o tv o un medio digital sea en lenguaje digital.
Ni mucho menos.
Los gabinetes de prensa comerciales saben que cada día los periodistas reciben, recibimos, miles de mensajes por internet. La mayor parte los desechamos porque son propaganda o porque no tienen interés a primera vista.
Sin embargo, lo que llega en papel llama más nuestra atención.
En el papel vemos todo el menú ampliado. Los papeles nos llegan jerarquizados, mucho mejor que en los mensajes digitales. Eso nos permite seleccionar, como si tuviéramos en las manos un bisturí, y liquidar aquello que no nos parece interesante.
Pero Google se ha dado cuenta de que no llega a todas las partes, por eso nos envía, quizás una vez al mes, un suplemento en papel.
El ejemplar que estoy comentando lleva por título “El gran potencial de IA en Europa”.
El título es equívoco. La IA tiene potencial en todo el mundo, como se dice en las páginas interiores de ese medio en papel. Sus páginas ofertan reportajes del estilo de “Europa es un buen lugar para invertir”, firmado por una directiva de la UE.
También podemos leer un cierto número de páginas en las que se explican las maravillas de la IA en materia de comunicación, medicina, educación, seguridad, potencialidad en comunicaciones… es decir, una exageración de textos alabando Google y su IA.
Un buen ejemplo de reportaje laudatorio es el que se titula “La IA ayuda a salvar vidas”. La verdad es que estoy cansado de leer mensajes periodísticos en los que se titula algo así como que el próximo año se acabará con el cáncer. Y de esto hace cuarenta años. Si lo de “ayudar a salvar vidas” fuera cierto, estaríamos salvados… pero a ver cuando se hace realidad ese deseo.
Al final se dice que “IA para el bien común”. Esto parece el colmo: “la innovación en IA ayuda tanto a los Gobiernos como a la ciudadanía”-
¡Estamos salvados!
La lástima es que todo lo que se dice en el folleto es pura propaganda: no se explica cómo la gente puede defenderse de los conglomerados digitales y sus plataformas ante el monopolio informativo de esas compañías multimillonarias.
Se nos podrá decir que las diferentes IA pueden ser utilizadas o no. Pero todo nos lleva hacia un futuro bien definido: acabaremos en ese túnel cuyo final es incierto.
Lo dicho, Google se ha rendido al papel. Es toda una contradicción.
Manuel López
Doctor en Ciencias de la Información y periodista.