por Manuel López, profesor jubilado de la UAB y periodista.
Los y las profesionales de la información, del periodismo diario o no diario, suelen ser personas con un alto aprecio de la ética. No importa el sueldo y las condiciones que tengan, en general no se venden. Se suele decir de un buen profesional que nunca se ha vendido ni sometido a presiones.
En las universidades nunca decimos a los estudiantes que existe esa posibilidad, que en el futuro alguien les pueda seducir para traicionar la ética periodística. Se da por supuesto que el periodista ha de ser honesto y que su rumbo ha de estar basado en la ética y en el respeto a los derechos humanos. Faltaría más.
Pero no nos engañemos, hay vías para comprar periodistas. Alguna empresa, alguna institución, alguna persona o personaje se creen autorizados para comprar profesionales. No les importa la ética ni la profesionalidad. Sólo la defensa de sus intereses. Algunos intentan hacerlo con excusas y mentiras, otros lo hacen abiertamente, sin importarles que algún día se descubra su desfachatez.
Veamos cuáles pueden ser las vías para comprar a un periodista.
Inicialmente, a través de la publicidad. Los medios viven de la publicidad, de las subvenciones -oficiales o no- y de las ventas. La publicidad se presenta como una de las mejores vías para obligar, o insinuar, a los medios para que generen información que destaque a empresas o personajes. Y al revés, la influencia de la publicidad, y de las empresas que están detrás, se utiliza también para silenciar temas que les perjudiquen.
Una empresa que emite una campaña publicitaria para demostrar que está a favor de la ecología puede verse perjudicada si un periodista demuestra que detrás de la campaña sólo hay humo. O que cita a alguna ONG que denuncia el llamado “ecopostureo”. Naturalmente, la empresa retirará la publicidad o amenazará con hacerlo. Y eso significa dinero…
Si el medio en cuestión tiene dificultades económicas, es muy posible que acepte las presiones de los anunciantes. Esto puede significar, a veces, que el comité de redacción del medio protesta ante la dirección. Pero en España hay pocos medios con comités profesionales combativos.
Una segunda vía para comprar a periodistas oa sus medios, consiste en subvencionar directamente reportajes o hacerlo ellos mismos. Naturalmente, esos medios tienen la obligación de separar la información de la publicidad, pero hay fórmulas para maquetar un reportaje solicitado por una empresa como si fuera información propia del medio.
Se está recurriendo a fórmulas intermedias, como que se publican páginas enteras de supuesta información neutral, pero que arriba de la página dice “Especial para xxx”. En algunos medios se aceptan esos encargos a condición de que la tipología no sea la del periódico, pero no siempre se hace.
Es más, esas páginas por encargo suelen ofrecer una maquetación artística con fotos bien impresas.
La vía más indigna para comprar a un periodista es el soborno. Se trata de que una empresa pague directamente a un periodista para que informe positivamente para sus intereses o, lo que también es indignante, para que escriba negativamente contra sus rivales. Esta vía suele utilizarse más en política: determinada entidad facilita a un periodista un supuesto expediente contra alguien en el que se cuestiona su honor, su calidad o lo que sea.
Se ha visto recientemente en Catalunya con la operación realizada por algunos medios que recibieron falsos dossiers contra políticos independentistas. Al anterior alcalde Xavier Trias le endosaron una supuesta cuenta corriente en Suiza con varios millones de euros a su nombre. Era falso, pero a Trias le costó desmontar esa operación.
Otro camino para comprar a un periodista es engañarlo directamente. Se le ofrece una información supuestamente exclusiva con el fin de que la publique. De inmediato la opinión pública reaccionará cuando detecte de que se trata de un engaño. Y el medio saldrá perjudicado.
Existe una variante de esa vía: que se persuada al periodista para que publique algo que favorezca a la empresa sin que ese algo tenga valor alguno. Por ejemplo, que el medio publique una fotografía en la que se ve a algún empresario aceptando un premio del gremio que se sabe que no vale nada porque el jurado está compuesto por amigotes. Eso si, el empresario estará eternamente agradecido por salir en los medios.
A esto se le llama persuasión. Y esta persuasión puede tener premios menores, como recibir un lote navideño, por ejemplo. O una entrada a la final de la Champions Ligue. Con avión y hotel incluidos.
Hay periodistas que consideran que cobran poco y se buscan otro trabajo, especialmente en el sector de las relaciones públicas y la publicidad. Por la mañana están en el diario y por la tarde en la oficina de RR.PP.
Este tipo de trabajo está terminantemente prohibido por los códigos deontológicos que estipulan que no se puede trabajar en periodismo y, al mismo tiempo, hacer publicidad.
En mi penúltimo libro[1] se señalan a una serie de periodistas que han hecho publicidad. El caso más conocido es el de Matías Prats, implicado en la campaña publicitaria de ING Direct. Pero no estaba solo, le acompañaba la periodista Olga Viza, que ha recibido recientemente un premio a su labor profesional por parte del Col·legi de Periodistes de Catalunya.
Esta distinción generó una protesta por parte de diversos periodistas, entre ellos el anterior decano de la entidad, y de varios vocales. El hecho es que el código ético del Colegio prohíbe este tipo de componendas. Además, la revista de la entidad, Capçalera, no mencionó para nada esa queja, distanciándose de su obligación de informar de todo cuanto suceda en el mundo periodístico de Catalunya y de España.
Hay dos historias sobre periodistas tentados para venderse. Son para reírse o echarse a llorar.
La primera indica que determinado banco del norte de España invitó a varios informadores a un acto de presentación de la memoria de la entidad. Se les facilitó el transporte -desde Barcelona partió una avióneta exclusiva para ellos-. Una vez en el recinto donde se presentó el acto, se entregó a cada periodista un ejemplar de la memoria y dentro encontraron un sobre. El sobre contenía cierta cantidad de dinero. Algunos protestaron y se les dijo que era el pago para sus dietas. Hubo uno que devolvió el dinero. De inmediato le cambiaron el ejemplar de la memoria y dentro se encontró otro sobre. Para sorpresa suya, había el doble de dinero que en la entrega anterior. El profesional desarrolló el sobre indignado.
La segunda anécdota es algo más escabrosa. Se invitó a varios periodistas a asistir a un congreso internacional de medicina al que asistían notables científicos. El viaje tenía como destino una famosa isla del Pacífico. Tenía que durar entre 8 a 10 días y se podía viajar con la esposa de cada invitado. Hubo un periodista que le dijo a los organizadores que él no tenía mujer. La respuesta es digna de enmarcar: “no se preocupe, cuando entre en la habitación encontrará una”.
[1] La ética y los periodistas que hacen publicidad; Editorial Carena, Barcelona, 2020.
